13 de marzo de 2012

Ausencia

Deberían haberme alegrado estas tardes paseando por el Retiro, con esta luz, las plantas y árboles brotando, el tiempo prácticamente primaveral, la gente tumbada en el césped... Y sin embargo, el efecto está siendo todo lo contrario. Ausencia y tristeza.

10 de marzo de 2012

Israel Antiguo. El Éxodo

            Hay dos maneras de aproximarse a los hechos narrados en la Biblia: una, creyendo a pie juntillas todo lo que en ella se dice, asumiendo el texto como revelación divina y por tanto incuestionable; y otra, comparando lo escrito, como si de cualquier texto se tratara, con otras fuentes, documentación arqueológica, epigráfica, etc., y ver qué es verídico y qué no. Obviamente, aquí vamos a seguir esta última forma e intentar aclarar qué hay de realidad y qué de invención en uno de los pasajes más conocidos por todos: el Éxodo –ṣē´t, y otras formas derivadas de yāṣā, “salir”; del griego ἔξοδος, “salida”–.
Reino Nuevo egipcio (Atlas Akal / Kinder y Hilgemann)
            Antes de nada, un breve comentario sobre la famosa cesta donde se recoge a Moisés –מֹשֶׁה “salvado de las aguas”–, protagonista de este libro bíblico del que nada indica su existencia histórica. De nuevo, y al igual que ocurre con el Diluvio descrito en el Génesis, el autor del Éxodo se sirve de una antigua tradición sumerio-acadia según la cual Sargón I –h. 2334 a.C. por la cronología media– es encontrado también en una cesta a la deriva en un río. El paralelismo entre ambos personajes, Moisés y Sargón, es significativo no sólo por esto. Sargón funda un nuevo Imperio y construye una nueva capital, Agadé, uniendo en su poder a todas las ciudades-estado mesopotámicas. Moisés aglutina a los israelitas camino de la nueva tierra prometida con el objetivo de conquistarla para ellos: así se lo ha prometido Yahvé, que es el dios más celoso y racista de cuantos hubo en la mente de los antiguos.
La historia del Éxodo la conocemos todos: Ramsés II –en el texto aparece simplemente como “Faraón”, pero luego veremos por qué este Ramsés es el candidato más probable– se niega a conceder la libertad que Moisés pide para su pueblo hasta que la décima plaga enviada por Yahvé –YHWH– acaba con el primogénito del faraón. Luego de la liberación de los israelitas, Ramsés se arrepiente y manda un ejército en su captura. Moisés separa las aguas del Mar Rojo y la caballería egipcia se ahoga mientras el pueblo elegido se salva por la otra orilla. Finalmente, tiene lugar el descenso del Monte Sinaí con las Tablas de la Ley. Moisés muere encargándose Josué de la conquista de Canaán para los israelitas.
Ramsés II apresando a unos enemigos.
Vayamos por partes. Arqueológicamente está atestiguada la llegada de unos inmigrantes a Egipto llegados desde Canaán, muy probablemente por los problemas de sequía y hambruna acaecidos en Palestina. Por dos mapas de periodo bizantino, sabemos que en el pasado el delta del Nilo se abría en siete brazos y que el paisaje difería notablemente del actual creando una zona mucho más extensa de tierra bien irrigada.
Una de estas invasiones masivas a Egipto nos la cuenta el griego Manetón en el s. III a.C. Se trata de los llamados hicsos, “soberanos de países extranjeros”, que se establecieron en Avaris fundando una nueva dinastía paralela a la tebana en lo que se denomina Segundo Periodo Intermedio. Las recientes excavaciones arqueológicas realizadas en el este del delta del Nilo indican que la “invasión” hicsa fue en realidad un proceso gradual de inmigración de Canaán a Egipto más que una fulgurante campaña militar. Manetón describe cómo concluyó la presencia de los hicsos en Egipto gracias a un faraón que los atacó y derrotó «matando a muchos de ellos y persiguiendo a los demás hasta las fronteras de Siria». Es más, llega incluso a insinuar que los hicsos, una vez expulsados de Egipto, fundaron la ciudad de Jerusalén, en la que construyeron un templo. Sin embargo, la fuente más fiable es una egipcia del s. XVI a.C. que cuenta cómo el faraón Ahmosis –fundador del Reino Nuevo– saqueó Avaris y persiguió al resto de los hicsos hasta su ciudadela en el sur de Canaán. Hablamos de en torno al 1570 a.C. Como vemos, este esquema es análogo al relato bíblico del Éxodo. Sin embargo, la Biblia habla de los proyectos de trabajos forzados impuestos a los israelitas mencionando la construcción de la ciudad de Ramsés (Éx. 1:11), y este nombre es inconcebible en el s. XVI a.C. debido a que el primer Ramsés no ocupó el trono hasta 1320 a.C., dos siglos después de la expulsión de los hicsos. La construcción de Pi-Ramsés tuvo lugar en el delta en tiempos de Ramsés II, que reinó desde 1279 hasta 1213 a.C. Es decir, nos topamos con un problema cronológico.
La clave para pensar que el supuesto Éxodo se dio en este s. XIII a.C. bajo el reinado de Ramsés II, la encontramos en la mención más temprana de Israel en un texto extrabíblico. Aparece en Egipto, en la estela que describe la campaña del faraón Merenptah –hijo y sucesor de Ramsés II– en Canaán a finales del s. XIII a.C. La inscripción habla de una destructiva campaña egipcia contra Canaán en el curso de la cual fue diezmado un pueblo llamado ysyriar –“Israel”, según Petrie–. Es decir, que si se produjo un éxodo histórico, este debería haber ocurrido a finales del s. XIII a.C., ya que en ninguna de las inscripciones relacionadas con el periodo de los hicsos se ha hallado mención alguna del nombre de Israel.
Fragmento de la Estela de Merenptah donde se lee "ysyrar".

Ahora bien, Finkelstein y Silberman se preguntan: ¿era posible una emigración masiva en tiempos de Ramsés II? Es decir, ¿realmente ese éxodo se dio tal y como relata la Biblia? Desde el Reino Nuevo Egipcio se reforzó el sistema defensivo a lo largo de la frontera oriental del delta mediante fuertes militares. La frontera entre Canaán y Egipto estaba rigurosamente controlada, y de haber pasado una gran masa de israelitas en fuga por allí, habría existido un informe, por escueto que fuera, dado el nivel altamente burocrático del Estado egipcio. Sin embargo, en las fuentes de este periodo –que además es el más documentado de la historia egipcia antigua– no hay referencias a los israelitas en Egipto –la estela de Merenptah antes citada se refiere a ellos como residentes en Canaán–. A ello hay que añadir, que dada la posición de Egipto como potencia hegemónica del momento, eludir la vigilancia de sus fuertes militares sería prácticamente imposible. Con todo, si se hubiera dado una fuga, la posibilidad de que los israelitas se adentraran en el desolado Sinaí carece de credibilidad ante la inexistencia de pruebas arqueológicas. Vayamos a ello.
Península del Sinaí con los principales lugares mencionados en el Éxodo.
Según el Éxodo, a los israelitas les sucedieron cuarenta años de vagabundeo por el desierto, pero a excepción de los citados fuertes egipcios, no se ha encontrado rastro alguno de estas gentes, ningún lugar de acampada o signo de ocupación durante el reinado de Ramsés II y sus inmediatos predecesores y sucesores. La práctica totalidad de la supuesta presencia israelí en el Sinaí, la pasaron en Cades Barne, identificado por los arqueólogos con el gran oasis de Ein el-Qudeirat en el oriente peninsular. Allí se ha encontrado un pequeño tell con los restos de un fuerte del periodo final de la Edad del Hierro, y las continuas excavaciones han sido incapaces de presentar alguna prueba de actividad al final de la Edad del Bronce. Liverani, escribe: «Al describir la travesía del desierto, visto como un paisaje duro y extraño y esencialmente desconocido, se utilizaron fragmentos de itinerarios que debían proceder de rutas militares o comerciales, quizá en parte también trayectos de peregrinación hacia lugares santos del desierto».
Es decir, varios de los lugares mencionados en el Éxodo son reales. Sin embargo, aunque fueron sitios con presencia humana en épocas muy anteriores o posteriores, se hallan despoblados precisamente en el momento en que supuestamente sucedió el paso de los israelitas por el desierto.
Monasterio de Santa Catalina a los pies del Monte Sinaí, construído en el
lugar donde, según el Éxodo, Moisés se encontró con la zarza ardiente (s. VI).
__________
Bibliografía empleada:
     -Finkelstein y Silberman, La Biblia desenterrada. Una nueva visión arqueológica del antiguo Israel y de los orígenes de sus textos sagrados. SigloXXI, Madrid, 2009, (pp. 55-80).
     -Grimal, Nicolás, Historia del Antiguo Egipto. Akal, Madrid, 2004, (pp. 286-288).
     -Liverani, Mario, Más allá de la Biblia. Historia antigua de Israel. Crítica, Barcelona, 2004, (pp. 329-336)
     -Liverani, Mario, El Antiguo Oriente. Historia, sociedad y economía. Crítica, Barcelona, 2008. (pp. 516-538).
     -Para una versión de la “autobiografía” de Sargón I, véase: Pritchard, James B., La sabiduría del Antiguo Oriente. Garriga, Barcelona, 1996, (pp. 100-101).

7 de marzo de 2012

Exposiciones en la BNE

            Después de haber visitado las preciosas sinagogas toledanas el pasado sábado, qué mejor que acercarse a la exposición temporal de la Biblioteca Nacional sobre Biblias de Sefarad.
Biblia romanceada (1430-1431)
            Ayer pasé por allí, y ya de paso también entré en la que conmemora los 300 años de la BNE. Ambas exposiciones recogen libros antiguos, mapas, incunables, manuscritos, las joyas que guarda esta institución tan maltratada a veces y ahora asediada por el mercado de los absurdos ebook. ¿Cómo puede compararse una pantalla con el trabajo de encuadernación de una de estas bellezas?
Decretum Gratiani, por Graciano. Glosada por Bartolomeo de Brescia (s. XIV)
            Hasta que el guarda de seguridad me llamó la atención, pude hacer bastantes fotografías de los tesoros expuestos en vitrinas. Entre ellos, había un cuaderno del s. XIX con un dibujo de la Sinagoga de Nuestra Señora del Tránsito en Toledo a cargo de Genaro Pérez de Villaamil:
Puede compararse con la foto del artesonado de la sinagoga colgada en la entrada anterior. En la sinagoga toledana, pudimos ver también la colección de restos arqueológicos y libros medievales en hebreo y árabe, así como la historia del pueblo israelí en paneles, que suele estar siempre mal contada. En realidad, fueron los israelitas los primeros que expulsaron a los cananeos de Palestina, y hoy, el estado artificial de Israel tal y como está concebido, no tiene justificación histórica alguna, entre otras cosas porque lo que se narra en la Biblia es una propaganda nacionalista bien inventada tras el cautiverio de Babilonia. Pero ese es un tema muy largo que se explica rigurosamente bien en dos libros excepcionales desde una perspectiva científica y arqueológica, el de Liverani y el de Finkelstein y Silberman, para quien le interese. De momento nos quedamos con las Biblias de la BNE, el arte judío en época medieval hispánica y los incunables y grabados antiguos. Merece la pena acercarse.
Astronomicum Caesareum, de Petrus Apiano (1540)
Rollo de Ester, en hebreo (ss. XIV-XV)

4 de marzo de 2012

En busca de la serenidad

            Hay que buscar y dejarse empapar lo más posible por los pequeños destellos de serenidad, porque si no nos morimos en vida.
Buscarla en la sencillez más sencilla de las cosas: un sábado paseando por Toledo sin relojes, sin ruta, con una mochila cargada sólo con lo básico, y dejándose llevar por el laberinto de las calles. Todo ello, en compañía de dos amigos como Nieves y Manolo (que además, te llevan en su nuevo coche amarillo).
Hay que buscar la serenidad en los clásicos, que son los que siempre tienen que decirnos algo, porque fueron los únicos que se preocuparon por los problemas reales. Quizá recitando la lírica clara y humana de Garcilaso o Cervantes, como estos versos de La Galatea que dicen:
El amor es infinito
si se funda en ser honesto,
y aquel que se acaba presto
no es amor, sino apetito.
            O estos otros:
         Vea yo esos ojos bellos
de este sol que estoy mirando,
y, si se van apartando,
váyase el alma tras ellos.
Sin ellos no hay claridad,
ni mi alma no la espere,
que, ausente de ellos, no quiere
luz, salud ni libertad.
O entonando la poesía antigua latina, Horacio, por ejemplo, loando a la vida en el campo y los placeres del ocio; o susurrando a alguno de esos filósofos con toga que no se complicaban y que todo lo que escribían era para calmar y no crear nuevos problemas, Epicuro o Séneca, por ejemplo. ¿Qué nos importan los devaneos existencialistas de cualquier aburrido académico si Epicuro nos dice que sólo basta un jardín y una buena conversación para lograr la serenidad?
Hay que buscar esa serenidad en la contemplación, en el recreo de la vista, del oído, del gusto y el olfato: un artesonado mudéjar, unos compases de Albéniz que nos llegan de lejos entre las callejuelas, un pastel de crema, un aroma a tierra mojada.
Se aloja la paz, y allí es donde hay que buscarla, en un claustro al atardecer, cuando las luces de marzo se cuelan entre los arcos, y la fuente del patio habla con delicadeza en un murmullo infinito, y nos recostamos en la barandilla desde donde atisbamos un cielo azul.
Hay que verse a uno mismo y saber que no todo es tan complicado, y que por lo menos, ha habido un instante de serenidad, y que un instante junto a otro instante forman ya un tiempo de sosiego prolongado que no tiene precio. Apoyado bajo un arco en la antigua judería toledana, por ejemplo, intentando despejar toda tristeza y sintiendo esa luz de atardecer que tiene todo lo necesario y nada que pueda inquietarnos.

24 de febrero de 2012

La revolución romana

            Estoy terminando de leer una obra impactante: La revolución romana, del historiador neozelandés Ronald Syme. Ya el vendedor de Marcial Pons, donde la compré después de tanto tiempo agotada e invisible en las librerías, me dijo: «¡Oh, qué buen libro se lleva usted!»
La obra ya es un clásico –se publicó en 1939– y se le podrán hacer todas las críticas que se quiera, pero su inmortalidad es incuestionable, como la de Gibbon o Mommsen, y su prosa, como también la de estos autores, una delicia. Y a los que nos apasiona la antigua Roma, no nos queda otra que buscar unos días para sumergirnos en su lectura y disfrutar de uno de los periodos más convulsos e interesantes de la historia antigua: el final de la República Romana y el triunfo del Principado de Augusto.
Más adelante profundizaremos en el tema y el enfoque que nos da Syme sobre aquellos tiempos, pero de momento, y siguiendo lo que el autor del libro escribió en la introducción –«En todas las edades, cualquiera que sea la forma y el nombre del gobierno, sea monarquía, república o democracia, detrás de la fachada se oculta una oligarquía, y la historia de Roma, republicana o imperial, es la historia de la clase gobernante»–, quiero mostrar este párrafo que, lamentablemente, tanto nos va a sonar en el día de hoy. Que no nos vendan otra cosa: todos sabemos quiénes dirigen realmente esta democracia nuestra.
«Ecuestres o senatoriales, las clases adineradas estaban con el orden establecido y eran justamente denominadas “los buenos” (boni). La clave de este sagrado ejército de los ricos la constituían claramente los financieros. Muchos senadores eran sus aliados, sus socios y sus abogados. La concordia y la firme alianza entre el senado y los caballeros imposibilitarían, por ende, la revolución o incluso la reforma, pues no se podía esperar de estos hombres que tuviesen interés personal en redistribuir la propiedad o en cambiar el valor del dinero. Los financieros eran lo bastante fuertes para causar la ruina de cualquier político o general que tratase de conseguir un trato equitativo para las gentes de provincias o una reforma del Estado romano mediante el reasentamiento del granjero campesino». (p.27)
Nos suena, ¿verdad?

22 de febrero de 2012

De museos

            Si todo sigue su curso, imagino que acabaré haciendo la especialización en Historia Antigua, y dentro de ella en arqueología clásica –pueblos prerromanos ibéricos e Hispania romana–. Pero para eso aún queda, y a día de hoy tampoco puedo descartar completamente otras opciones, como la Edad Media hispánica y los dos siglos de oro español.
Mientras tanto, me dedico a profundizar en lo que más me llama la atención dentro del inmenso programa de las asignaturas. Ya me lo advirtieron en verano: matricularse en todo el curso por la UNED es una barbaridad. Esta universidad tiene muchísimas ventajas, entre ellas el salir muy bien preparado por la caña que meten, pero claro, uno tiene que examinarse de todo, y todo es absolutamente todo, y la cantidad de estudio necesario para abordar toda la materia, hacen verdaderamente difícil –pero no imposible– ir a curso por año. No obstante, yo lo voy a intentar.
            Hasta que reabran el Museo Arqueológico Nacional –¡ya está bien, hombre!–, podemos visitar en Madrid una serie de lugares con exposiciones permanentes en donde la Prehistoria y la Historia Antigua cobran cierto relieve. Son el Museo de Ciencias Naturales, el Museo de los Orígenes, el Museo de la Ciudad y el Museo de América.
Del primero ya dije algo en otra entrada, hay poca cosa pero interesante: evolución humana, algunos útiles del Epipaleolítico, Bronce, Hierro, arte parietal recreado, etc.
Piezas líticas de la prehistoria en América (arriba: raederas, hendedor,
bifaces; abajo: cuchillos, puntas)
En el de los Orígenes, antes llamado Museo de San Isidro, tampoco es que abunde material, pero en la colección, que está centrada en la región madrileña, pueden verse bifaces, hendedores y cantos trabajados del Achelense, choppers y chopping tools recogidos en las terrazas del Manzanares. Más allá del Paleolítico, también tenemos ciertas piezas de la época neolítica que merece la pena observar.
El Museo de la Ciudad lo voy a visitar este viernes por la mañana, así que ya le dedicaré próximamente una entrada aparte.
Por último el Museo de América, que nos lleva al lejano continente y en el cual está permitido hacer fotografías. Estuve ayer en sus varias salas, y la entrada gratuita para estudiantes, la cantidad de piezas y la excelente organización de la colección, merecen que se le eche un par de horas. Lástima que la biblioteca esté temporalmente cerrada. En toda la mañana no vi prácticamente a nadie –en España la gente sigue sin ir a museos, prefiere el programa rosa y el fútbol–, y he podido contemplar un par de cosas que tenía pendientes desde hace tiempo: el cuadro atribuido a Sánchez Coello de la Sevilla del siglo XVI, y los preciosos códices de Tudela y el Tro-Cortesiano, azteca y maya respectivamente. Asimismo, una serie de libros del XVII-XVIII entre los que destacaban Antonio de Solís o la Historia General del Perú, del Inca Garcilaso de la Vega.
Códice Tro-Cortesiano (s. XIV)
Las vitrinas dedicadas a prehistoria me descolocaron un poco, y es que la relación de industrias y etapas entre Europa y América difieren, se les da nombres distintos y los útiles característicos de uno u otro periodo son diferentes en cada continente. Con todo, pude seguir viendo bifaces, raederas, denticulados y muchas puntas, algunas de ellas preciosas, con base cóncava o pedunculada para el enmangue.
Igualmente interesantes son las recreaciones de viviendas indígenas, estelas mayas o, ya para irnos un poco más allá, mapas –hay de Ortelius–, instrumentos musicales y cuadros del dominio español en todo el continente. Todo ello alrededor de un moderno pero acogedor claustro que imita la arquitectura colonial.

20 de febrero de 2012

Ovidio a su esposa

«Si acaso te sorprende mi carta escrita por mano extraña, sabe que estaba enfermo, sí, enfermo, en los remotos confines de un mundo desconocido, y poco seguro de mi remedio. Figúrate cuál será la postración de mi ánimo languideciendo en una tierra odiosa, entre los Sármatas y los Getas; no resisto el clima, no me acostumbro a beber estas aguas, y no sé por qué tengo aversión al país. Mi casa es incómoda, los alimentos nocivos al estómago, y ni encuentro quien distraiga mis pesares con el trato de las Musas, ni un solo amigo que me consuele y con su conversación abrevie las cansadas horas. Languidezco, abatido, en los últimos pueblos del mundo habitado, y en mi abatimiento suspiro por las mil cosas que me faltan. Tú, querida esposa, vences todos estos recuerdos y ocupas la mejor parte de mi ser. Hablo contigo en la ausencia, mi voz te llama a ti sola, y no transcurre día ni noche sin pensar en ti. ¿Qué más? Oigo decir que en los momentos de fiebre tu nombre suena siempre en mi boca delirante. Si mi lengua desfalleciese, y pegada al paladar no se reanimara al calor de un vino generoso, a la noticia de tu llegada recobraría el movimiento, y la esperanza de verte me prestaría vigor». (Ovidio. Tristes, III, 3)

Mosaico romano en Pafos (Chipre)

7 de febrero de 2012

La antigua morería madrileña

Torre mudéjar de S. Pedro el Viejo. Aquí estuvo la
mezquita que daba cobijo a los vecinos de la morería.
Tras la conquista de Madrid por Alfonso VI en 1085, la población mudéjar parece haber estado concentrada en torno a las iglesias de San Andrés –de origen mozárabe– y San Pedro el Viejo. He paseado por toda esta zona madrileña al atardecer: la antigua morería. A la entrada de la segunda parroquia mencionada, una placa pequeña da por hecho que aquí estuvo la mezquita que albergaba a los vecinos de este barrio. La torre de San Pedro –siglo XIV– guarda el estilo mudéjar, y la cercanía a la Plaza de la Paja –antiguo zoco–, hace presuponer que los rezos mahometanos no debían ser raros en el solar que hoy ocupa esta iglesia como hecha a pegotes, por sus varios estilos: medieval, renacentista y barroca.
Plaza de la Paja, antiguo zoco medieval. Al fondo, la cúpula de S. Andrés.
Mientras recorremos las calles de esta antigua morería, podemos reconstruir el modo de vida que tanto la ajetreó en aquellos siglos hasta la conformación definitiva del ayuntamiento en 1346. En la primera etapa que describíamos en la entrada anterior, cuando la al-mudayna era casa musulmana, la ciudad había cobijado diversos personajes de calado. Tales fueron Abu Ya´qub Yusuf, literato, jurista y calígrafo, o Abu ´Umar Ahmad el Talamanquí, historiador y jurisconsulto. Figura clave fue Abu-l-Qasim Maslama, el Madrileño por excelencia, uno de los más grandes matemáticos y astrónomos andalusíes, ampliamente recordado en la obra de Juan Vernet.

Murallas de Madrid (s. XII-XIII) desde el sur: 1) Alcázar. 2) Sta. María, mezquita mayor y luego iglesia. 3) Plazuela de San Salvador, hoy Plaza de la Villa. 4) Puerta de Guadalajara. 5) Plaza de la Paja, antiguo zoco.
6) S. Pedro el Viejo, mezquita de la morería y luego iglesia. 7) Puerta de Moros. [Isabel Gea. Las murallas medievales de Madrid]
En aquellos años previos a la toma de Toledo –siglos IX a finales del XI–, Madrid se fue configurando al modo de medina musulmana, con sus calles estrechas y abundancia de plazoletas. Los artesanos descollaban con sus trabajos del cuero o la alfarería, y las tiendas nutrían de vida el paisaje urbano. Aunque el zoco principal fuera la plazuela de San Salvador –la actual Plaza de la Villa, en la que también existía otra mezquita–, posteriormente cobraría especial importancia el zoch o “azoche” citado antes, la Plaza de la Paja, que fue destinado al trajín más incómodo de bestias, víveres al por mayor, paja y forraje. La población mudéjar habitaba estas calles hoy reformadas, y la muralla –se conservan visibles tras una verja unos exiguos restos en la calle de los Mancebos– cerraba al sur la ciudad, dejando salida por la Puerta de Moros: una placa nos la recuerda frente a San Andrés y el Museo de San Isidro, reconstruido sobre el solar que ocupaba el palacio de los condes de Paredes.
San Andrés y Museo de S. Isidro. Límites de Madrid por el sur: enfrente
se encontraba la Puerta de Moros.
La fuente imprescindible para el conocimiento de Madrid en aquellos tiempos, es el Fuero de 1202. En él, aparte de la mención a oficios y reglamentación por la que se regía la ciudad, encontramos detalles como la distinción entre moro libre y cautivo: el primero casi siempre natural de la villa, mientras que el segundo había perdido su libertad en acción de guerra y sido adscrito a un cristiano para servicio de este.
Las callejuelas estrechas, los codos y recovecos sombreados por casas más bien bajas, nos retrotraen, aunque sea con algo de imaginación, a ese laberíntico mundo medieval. De entre los portales saldrían unos y otros vecinos, como Pedro Sánchez, «maestro de la Gramática», o Domingo Pasqual, pastor del siglo XIII. Curtidores, herreros, mesoneros –como Abdalla–, carpinteros, sastres; y de más alto rango, escribanos, escuderos, hombres de armas, médicos, etc. También algunos judíos cobraron importancia en esta ciudad ya castellana: don Mosé Romano o don Mayr Alguadix. Solían estos miembros con cierto poder habitar la calle Mayor –viae regis– y sus aledaños. A través de esta vía y hasta la Puerta de Guadalajara, se extendía el mayor número de tiendas.
Más allá, donde hoy está Sol y el núcleo de la villa, no había más que pastos e incipientes arrabales mal cercados ante una posible razzia musulmana. Sin embargo, la última vez que Madrid sufriría un intento de toma por los árabes, se dio en 1109, cuando el caudillo almorávide Alí ibn Yúsuf acampó con sus tropas a orillas del Manzanares y bajo el alcázar, lugar que más tarde, y por este hecho, se conocería como Campo del Moro.
Calle del Nuncio, en la antigua morería. Sus recovecos aún nos recuerdan el ambiente mudéjar.

5 de febrero de 2012

En los orígenes de Madrid

            La fuente cristiana donde se menciona por primera vez Magerit, es la Crónica de Sampiro, escrita en el siglo XI por el obispo leonés que la da nombre. El texto que nos interesa hace referencia a la ocupación de Madrid por parte de Ramiro II, rey de León, en el 932. La idea era, bajando por la calzada del Duero y la ribera del Manzanares, prestar auxilio a los insurrectos toledanos que habían vuelto a armarla contra Abderramán III.
Texto completo aquí
            La traducción de este fragmento viene a ser la siguiente:
«Reinando Ramiro segundo, consultó con los magnates de su reino de qué modo invadiría la tierra de los caldeos [atención al término empleado], y juntando su ejército, se encaminó a la ciudad que llaman Magerit, desmanteló sus muros, hizo muchos estragos en sus dominios y ayudado de la clemencia de Dios, volvió a su reino en paz con su victoria» (23).
Sin embargo, Abderramán III acabó sometiendo a los rebeldes de Toledo en julio de aquel año, estableciendo también el orden en Maŷrit, por lo que Ramiro II en realidad no «volvió a su reino en paz con su victoria».
Sistema defensivo musulmán en la Marca Media madrileña (s. X)
Matrice es el nombre del asentamiento –vicus– visigodo del s. VII, de él se han encontrado ciertos restos hasta hace muy poco debatidos sobre su significado. El nombre de Matrice haría referencia al manantial que propició su existencia: “madre”, “matriz”, “origen de aguas”. Las ruinas acristaladas que hoy pueden verse en la calle Mayor, pertenecen a la derruida iglesia de Santa María de la Almudena, de origen visigodo, y hasta hace no mucho la más antigua de la ciudad –hoy es San Nicolás, apenas a unos metros, con su torre mudéjar del siglo XII o XIII–. Santa María se transformó en la mezquita mayor madrileña una vez derruido el reino visigodo, y Alfonso VI la purificó tras conquistar Toledo en 1085 y arrebatar, definitivamente, Maŷrit a los árabes. Esa purificación pudo consistir en adaptar el edificio al culto cristiano, sin necesidad de demolerlo –cosa que se encargarían de hacer definitivamente en el siglo XIX, con la Gloriosa aún latente–. Por otra parte, la primitiva iglesia goda no se edificó, como pretendían López de Hoyos y otros para dar a Madrid un toque mitológico, sobre un primitivo templo romano dedicado a Júpiter.
La primitiva Almudena. 1) Sta. María (mezquita mayor). 2) Judería (desde s. XIV).
3) Castillo de los judíos. 4) Hospital Campo del Rey. 5) Sinagoga (1400). 6) Adarves.
7) Tenerías. 8) S. Miguel de Xagra. A) Puerta de Alvega. B) Arco de Sta. María.
C) Puerta de Xagra. 1 y 2) Portillos auxiliares.
[M. Montero Vallejo, El Madrid medieval. 2003]
La mezquita mayor estaba dentro del recinto llamado al-mudayna –almudena, “ciudadela”–, que tenía un significado puramente militar. En el punto más alto se construyó la alcazaba, vigilando los pasos de la Sierra y protegida a su vez por varias atalayas defensivas: la más conocida sigue siendo la de Torrelodones, bien visible desde la autopista –véase el mapa–. Sobre el fundador de esta almudena con vistas al Manzanares, el cronista andalusí Ibn Hayyan, nos dice:
«Él fue [Muhammad I, emir de Córdoba] quien ordenó construir el hisn [castillo] de Talamanca, y el hisn de Maŷrit y el de Peñafora. Con frecuencia recababa noticias de las marcas y atendía a lo que en ellas ocurría, enviando personas de su confianza para comprobar que se hallaban bien».
En mil años, las vistas desde el Palacio Real hacia la Sierra apenas han
cambiado. Mayrit nació con el objetivo de controlar la llegada de
tropas cristianas desde el norte peninsular. [19 de enero]
            Lévi-Provençal definió tres tipos de fortalezas islámicas: el hisn al que se refiere el cronista, simple castillo; qal´a, de donde deriva “Alcalá”, pequeño espacio urbano donde residen las familias de una guarnición estable; y qasabat, que proyectaría un exceso de población fuera de las murallas. Montero Vallejo, en su libro sobre el Madrid medieval, nos da un margen de entre el 860 y el 886 para la constitución de la ciudad propiamente dicha. Porque no fue sólo el carácter militar de la almudena lo que caracterizó a Maŷrit, punta de lanza musulmana ante las irrupciones cristianas, sino lo que a su alrededor surgió, la medina, con sus herrerías, carpinterías, zocos, silos, etc. De toda esa vida y sus vecinos, diremos algo en una próxima entrada.

3 de febrero de 2012

Paseos por el Prado

             Obviamente, estoy en mi mundo. Resulta que la segunda semana de exámenes no es la que viene, sino del 13 al 17. Por un lado, tendré más tiempo para estudiar las dos asignaturas que me quedan, las más densas del cuatrimestre –Prehistoria y Medieval–, y por otro lado, me veo obligado a suspender los planes que ya tenía hechos para visitar El Escorial y la Biblioteca del Monasterio. Habrá que dejar para más adelante esta salida.

Museo del Prado, el pasado domingo camino de la Cuesta de Moyano
 
            Más allá de todo esto, sé que debía una entrada sobre las dos visitas al Prado en los últimos meses. Aprovecho ahora para dejar caer algunas cosas. La lectura del Carlos V de Fernández Álvarez me venía forzando a contemplar de nuevo la estampa del emperador en Mülhberg, donde Tiziano le retrató a caballo. Es interesantísima toda la relación que tuvieron rey y pintor, aquí y allá, inmortalizando el italiano la figura imperial, siempre con esa barbilla característica, salida y fea, que le impedía masticar bien los alimentos, prolongando los consabidos problemas de digestión.
            Fernández Álvarez nos dice lo siguiente acerca del cuadro de Tiziano:
«El César, lanza en ristre, cabalgando en solitario por los campos de Europa, como un caballero andante reverdecido contra cualquier enemigo. Y en su magnífica soledad se nos muestra más claramente victorioso. No hace falta representar ningún enemigo concreto, en un momento concreto. Y así cabalga sobre el tiempo, para convertirse en el caballero de Europa, en el capitán de Europa, en el Emperador por antonomasia de Europa. Cuánto de Tiziano mismo hay en ese cuadro se intuye perfectamente. Aquí el viejo pintor, pletórico de energía, insufla toda su vitalidad sobre el abatido Emperador, el de 1548, postrado en su sillón. Es su arte, en un momento de inspiración genial, el que nos da el Carlos V inmortal, el Carlos V que pasa de la Historia a la leyenda». (p. 164)
            Me gusta combinar música y pintura especialmente en estos dos siglos de oro, y por eso, una vez terminado el festín ocular por las galerías del Prado, escuchaba a Diego Ortiz en casa, a través de diferentes versiones, unas más comerciales, otras más próximas a como realmente deberían –creemos que deberían– haber sonado sus melodías hace quinientos años. Y es que, no podemos evitar hacer la historia desde nuestras sensibilidades y códigos del presente, deformándola y dando brillantez o tapado a sucesos que entonces pudieron tener un significado completamente diferente al que hoy nos parece.